El Cochero del Cabriole cuento completo


El Cochero del Cabriole de Alejandro Dumas

No sé si entre las personas que lean estas líneas habrá alguna que haya tenido la curiosidad de reparar la diferencia que existe entre el cochero de cabriolé y el cochero de fiacre.

Este último, grave, inmóvil, frió, soportando las inclemencias de la atmósfera con la impasibilidad de un estoico, sentado sobre su pescante, en medio de la sociedad y sin contacto con ella, permitiéndose por toda distracción un fustazo al compañero que pasa, sin cariño alguno a las dos flacas cañas que conduce, sin amenidad para los infortunados que la emplean, no vacila en responder con una sonrisa irónica, resumen de toda su filosofía, cuando le dicen: cochero, al paso y todo derecho.

Muy distinto es, por cierto, el cochero de cabriolé. Es necesario tener un genio muy tétrico para no rendirse a sus halagos; a los cuidados que os demuestra; a la paja que pone bajo vuestros pies; a la manta de que se priva, sea que nieve, sea que llueva, para libraros de la lluvia o del frió; es necesario estar dotado de un mutismo muy obstinado para guardar silencio ante las mil preguntas que hace, ante las exclamaciones que se le escapan, ante las citas histéricas con que os acosa. Es que el cochero de cabriolé ha visto el mundo, ha vivido en sociedad: ha llevado un candidato a la Academia a hacer sus treinta y nueve visitas, y el futuro académico le ha hablado de literatura; después ha llevado a un diputado a la Camara, y el diputado le ha hablado de política; dos estudiantes han subido después de éste, hablaron de operaciones anatómicas, y el cochero tomó así mismo algunas nociones de medicina. Ligero, superficial en todo, pero extraño a pocas cosas en el mundo, es irónico, espiritual, alegre, charlatán, gastandole los espectáculos, y tiene casi siempre un pariente o un amigo que lo hace entrar gratis en el teatro.

El cochero de fiacre es el hombre de los tiempos primitivos: no tiene mas roce con los demás individuos que el estrictamente necesario para el ejercicio de sus funciones; pero en cambio, es un hombre honrado.

El cochero de cabriolé, por el contrario, es el hombre de las viejas sociedades. La civilización ha llegado a él, y él se ha hecho para la civilización. Su moralidad es, poco mas de menos, la de Bartolo.

En general, los taberneros toman por insignia un cochero de fiacre, con su sombrero encerado sobre la cabeza, su capa azul sobre los hombros, la fusta en una mano y una bolsa en la otra, con este lema: Al fiel cochero.

Jumas he visto al cochero de cabriolé representado en semejante situación moral.

A pesar de todo, yo tengo una predilección particular por los cocheros de cabriolé. Tal vez sera porque muy raras veces les doy en que ganar algún dinero.

Cuando me ocupo de algún drama cuyo desenlace no puedo resolver; cuando vuelvo de algún espectáculo que me ha dado sueño; cuando veo alguna comedia que me fastidia, entonces charlo con ellos, y algunas veces me he divertido tanto, que en diez minutos que duraba la carrera, me he sentido recompensado de las tres o cuatro horas de martirio que acababan de terminar.

Tengo un rincón de mi escritorio dedicado a estos recuerdos de vuelo bajo, si puedo calificarlos así.

Entre estos recuerdos hay uno que ha dejado en mi animo una impresión profunda. Y sin embargo, hace ya mas de un año que Cantillon me refirió lo que voy a relataros.

Cantillon conduce el carruaje número 221. Es hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, moreno, de facciones fuertemente acentuadas, y en la época en que le conocí, es decir, en enero de 1831, su traje se componía de un sombrero de fieltro con un resto de galón, un redingote que revelaba^haber pertenecido a una librea, y unas botas de charol viejísimas con las vueltas desgarradas. Catorce meses han pasado desde que lo conocí, y a esta fecha todos esos restos de grandeza deben haber desaparecido. Pronto comprenderán mis lectores de dónde viene, o mas bien, porque desde entonces no le he vuelto a ver e ignoro, por consecuencia, si ha variado de traje, de dónde venia aquella notable diferencia entre en vestido y el de sus colegas.

Eran las seis de la mañana del 1° de enero. Había hecho una lista de los amigos y conocidos a quienes debía felicitar en la entrada del año, y mi criado había ido a buscarme un coche. José eligió a Cantillon, y Cantillon debió esta preferencia a su resto de galón, a su redingote y a sus botas. Su cabriolé, por otra parte, estaba pintado de un color oscuro, en vez de hallarse, como otros, embadurnado de verde o amarillo, y tenia un aspecto decente.

Una sonrisa de satisfacción demostró a José que estaba satisfecho de su inteligencia; despedíme de él para todo el día y me instalé en el carruaje. Cantillon pronunció un sonoro ¡arre! y el caballo partió sin necesidad de que le tocase la fusta, que permaneció en su sitio durante todo el día, mas bien como un ornamento que como un instrumento de corrección.

—¿A dónde vamos, mi amo? preguntóme el cochero.

—Al Arsenal, casa de Carlos Nodier, respondí.

Cantillon respondió con un ademan que parecía decir: «No solamente sé dónde es, sino que conozco ese nombre.» En cuanto a mí, como en la actualidad me hallaba ocupado en escribir Antony, que me daba muy malos ratos, viendo que el movimiento del cabriolé era lo mas suave que me podía figurar, me agazapé en un rincón y me puse a pensar el final del tercer acto, que me inquietaba considerablemente.

Yo no conozco un momento de mayor felicidad para un poeta que aquel en que ve llegar su obra a feliz término. Son necesarios, para llegar a este fin, tantos días de trabajo, tantas horas de desaliento, tantos instantes de duda, que cuando el poeta ve, en esa lucha del hombre y del espíritu, tomar forma a la idea que ha acariciado, tiene un instante de felicidad comparable tan solo, salvo su débil organización, a la que debió gozar Dios cuando dijo a la tierra: Sea, y la tierra fue. Como Dios, el poeta puede entonces decir en su orgullo: «He creado algo de nada; he arrancado un mundo del caos.»

Es verdad que el mundo del poeta no esta poblado mas que por una docena de habitantes; que no tiene en el sistema planetario mas espacio que los treinta y cuatro piés cuadrados de un escenario, y que a menudo nace y muere en la misma noche.

Pero es igual; no por eso es menos cierta mi comparación: yo quiero mejor la igualdad que eleva que la igualdad que rebaja.

Cuantos traten de holgazán al escritor, al poeta, y son, por desgracia, muchísimos los que ahí juzgan, no saben que, le cuesta poco o ningún trabajo concebir una idea, porque la idea nazca por sí sola, como superior a la materia humana, cuesta, en cambio, grandes fatigas desarrollarla, darla forma, plegarla al gusto del público, que es el señor mas tirano, mas déspota, mas exigente que se conoce.

Ahí El poeta en ciertos momentos, lo repito, es algo mas que un hombre, y de él podia decirse que tiene algo de Dios y algo de hechicero. Crea, y aunque algunas veces sus creaciones tienen un tiempo en una vida pobre y efímera, pasajera y desconocida, otras veces tienen, por el contrario, una vida inmortal, eterna como el tiempo, que se prolonga al través de los generaciones.

Armida, esa magnífica creación del Tasso, vivirá eternamente, y Hamlet, esa sublime creación de Shakespeare, no morirá nunca. Y cuando se olvidaran, aunque la existencia de la humanidad se prolongue hasta lo infinito, las estupendas aventuras del Ingenioso hidalgo don Quijote, ni las filosóficas marrullerías de Sancho Panza, esas dos maravillosas creaciones del gran genio español, del ilustre Cervantes, que de una manera tan perfecta supo, estereotipar en ellas el espíritu de su época?........ ¡Ah! Si hay en el mundo una gloria legítima, una verdadera gloria, esa es la gloria del poeta. El remueve las sombras de lo pasado, evoca los cadáveres de los héroes y de los mártires, los saca de la tumba, los anima con su soplo vivificador, y gracias a él, el mundo los contempla en la escena, revestidos de su verdadero carácter llenos de vida y de pasión, ora coronados de gloria, ora cubiertos de lodo.

¡Holgazán el poeta! Buscad, buscad vosotros los que con tanto desdén le tratáis, un trabajo mas ímprobo, mas penoso que el suyo: yo os aseguro que no lo encontrareis.

Pues qué, la ¿humanidad no debe algo a los poetas?.......

¿Quién, si esos genios poderosos no existiesen, inmortalizaría las hazañas de los héroes, el valor de los mártires, la gloria de los pueblos? ¿Quién trasmitiría de generación en generación las antiguas tradiciones, las antiguas leyendas que embellecen y amenizan la historia de cada nación y que en muchos casos forman su orgullo, como sucede en España, mas orgullosa tal vez de sus tradiciones que de su historia?.... ¡Ah! Sin Homero, las glorias de Grecia no hubieran llegado hasta nosotros; sin Horacio no conoceríamos verdaderamente el mundo romano; sin Dante, las oscuras brumas de la Edad Media nos ocultarían aún el verdadero carácter de aquella época de hierro, y sin Calderón no comprenderíamos tampoco todas las bellezas del renacimiento. No, para enseñar el pasado no basta la historia árida, fría y descarnada; es necesario que ese pasado resucite, en cierto modo, y viva y aliente, y ese milagro solo puedo realizarlo la poesía.

Al pensar todo esto, veía, como a través de una gasa, mi mundo ideal tomando su lugar entre los planetas literarios; sus habitantes hablaban a mi gusto, andaban a mi modo, estaba contento de ellos, y casi oía en una esfera cercana un rumor nada equívoco de aplausos que probaba que los que veian el mundo por mi creado le encontraban bello y armónico.

Este semi-sueño del orgullo, a que pudiera llamar el opio del poeta, no me impedía, sin embargo, ver a mi vecino descontento de mi silencio, inquieto al contemplar mis ojos fijos, sorprendido de mi abstracción y diciendo de cuando en cuando para arrancarme de ella:

— Mi amo, que se cae el carrik.

Mi única contestación era subirle maquinalmente y colocarle sobre mis piernas.

Si se soplaba los dedos, yo metía silenciosamente las manos en mis bolsillos; si silbaba la Parisiense, yo me contentaba con llevar maquinalmente el compás con los dedos: le había dicho al subir al coche que debíamos estar cuatro a cinco horas juntos, y el pobre cochero estaba verdaderamente atormentado por la idea de cue durante todo ese tiempo guardase un silencio tan poco en armonía con su buena voluntad de charlar.

Al fin, sus síntomas de disguste llegaron a tal punto, que me dio pena; ya abría la boca para dirigirla la palabra, cuando, desgraciadamente para él, la idea que me faltaba para terminar mi tercer acto vino en aquel momento a mi imaginación, y como aun estaba casi echado en mi rincón, aunque tenia ya la boca abierta para hablar, volví a ocupar tranquilamente mi sitio, murmurando entre dientes:

—¡Es buena idea! ¡Es buena idea!

Cantillon creyó que había perdido la cabeza y lanzó un suspiro.

En aquel momento detuvo su caballo diciendo:

—Aquí es.

Estábamos a la puerta de la casa de Nodier.

Quisiera hablaros un poco de Nodier, porque aunque no es posible conocerle sin amarle, pudierais muy bien amarle sin conocerle. Otro día lo haré.

Subí a la habitación del autor de Tribly, y no tardé en volver a bajar, instalándome otra vez en el coche y diciendo a Cantillon:

—M. Taylor, calle de Bondy.

Echó a andar el caballo, y entonces Cantillon me preguntó:

—¿No es M. Carlos Nodier un caballero que escribe cuentos y novelas?

— Precisamente; pero ¿cómo sabes tu eso?

—He leído una novela suya, que habla de una joven cuyo amante fue guillotinado.

¿Teresa Aubert? dije.

—Esa misma. ¡Ah! Si yo conociera a ese caballero le daría un magnífico asunto histórico para una novela.

—¡Ah!

—Tal como lo oís, y si yo manejase la pluma tan bien como el latigo, no se lo daría a otro, sino que yo mismo haría la novela.

—Poca bien, ¿quieres relatarme ese asunto? exclamé.

— ¡Bah! ¡Que no es lo mismo! respondió.

—¿Por qué?

—Porque vos no hacéis libros.

—Es verdad, repuse; pero hago dramas y puede que tu historia me sirva para uno.

Cantillon me miró fijamente y dijo:

—¿Sois acaso el autor de Los dos ahorcados?

—No, amigo mío.

—¿Y de La posada de Andrest?

—Tampoco.

—Entonces, ¿para que teatro escribís?

—Hasta ahora he escrito para el teatro francés y el Odeón.

Cantillon hizo un movimiento de labios que me dio a entender claramente que había perdido mucho en su animo, y después de reflexionar durante un momento, dijo:

—He estado algunas veces con M. Eugenio en el teatro Frances, y allí he visto a M. Talma en el Sila: era todo un retrato del emperador, pero me gusta mas La Posada de Adrest.

Yo no sabia qué contestarle.

—¿Hacéis tragedias por ventura? preguntó mirándome de reojo.

—No, amigo mió.

—Pues entonces, ¿qué hacéis?

—Ya te lo he dicho: dramas.

—¡Ah! ¡Sois romántico! El otro día llevé en mi coche un académico que zurraba a los románticos de lo lindo. Escribe tragedias, y me recitó un trozo de la última que ha hecho. Yo no sé su nombre; pero es un señor seco, que lleva la cruz de honor y tiene muy encarnada la punta de la nariz. ¿Le conocéis vos?

Hice con la cabeza una señal afirmativa, y dije:

—Pero....... ¿y tu historia? Puede que me sirva para algo, y.......

—Bueno, en ese caso os la contaré; pero os advierto que es una historia bastante triste.

—No importa; cuenta.

—Pues habéis de saber, dijo Cantillon, que no siempre he sido yo cochero de alquiler. Hace dos años estaba al servicio de M. Eugenio... ¿no habéis conocido a M. Eugenio?...

—¿Eugenio de qué?

—No lo sé; ni he conocido a sus padres, ni he sabido nunca se su apellido. Era un joven de vuestra edad, muy buen mozo y con diez mil libras de renta; pero de carácter algo triste. Por lo demás, desde que entré en su casa jamas me dijo una palabra mas alta que otra. Un día me encerré en su gabinete y me dijo:

—Cantillon, si viene M. Alfredo de Linar, di que no estoy en casa.

M. Alfredo vivía en el mismo hotel que nosotros y se había pegado a mi amo, que no le podia ver.

No tardo en llegar y pregunto por M. Eugenio.

—No esta, respondí.

Pero en aquel momento tosió mi amo, óyele M. Alfredo y exclamé:

—Tu amo es un indecente; díselo de mi parte.

Como comprenderéis, guárdeme bien de decírselo.

Aquella misma noche fuimos a una reunión a la calle de la Paz, y a la medianoche salió M. Eugenio de un humor endemoniado: se había encontrado con su vecino y habían cambiado algunas palabras.

Llegamos al puente de Austerlitz, y al cruzarlo vimos una mujer que sollozaba de tal modo que no oyó el ruido del carruaje.

—Detente, me dijo mi amo.

Y me detuve, al mismo tiempo que echaba pié a tierra.

La mujer iba delante, mi amo detrás; de repente aquella desgraciada sube sobre el pretil y se arroja al agua. Mi amo no vacilo y se arrojé tras ella.

—Si me quedo aquí, pensé, en nada puedo ayudarle; pero si me arrojo al agua, como nado lo mismo que un plomo, tendrá que salvar a dos en vez de uno.

Tomé entonces mi partido; hice parar el caballo, que tenia cuatro años menos sobre el cuerpo y mas celemines de cebada en el vientre, y corrí a la orilla del rio.

Había allí una barquilla y salté dentro sin vacilar. Utilice mi cuchillo para cortar la cuerda y lo había olvidado; no sabia que hacer, y en tanto, mi amo nadaba lo mismo que un salmón.

Di tan fuerte tirón a la cuerda que se rompió y caí de espaldas en el fondo de la barca.

—No es este momento oportuno para contar las estrellas, dije.

Y me levanté de un salto.

Con el golpe la barca se había separado de la orilla. Busqué los remos y no encontré mas que uno; no sé dónde había ido a parar el otro. Así y todo, me puse a remar como pude.

Toda mi vida me acordaré de aquel momento, señor. Hubiérase dicho que el rio era de tinta: tan negra se veia el agua. De tiempo en tiempo solamente se veia una ola que mostraba un poco de espuma, y después aparecía un momento la blanca falda de la jóven ó la cabeza de mi amo que se acercaba a ella.

Una sola vez reaparecían los dos al mismo tiempo, y oí a M. Eugenio que decía:

—Bueno, ya la veo.

En dos brazadas llegó ai sitio donde flotaba la falda; y de repente vi que no salia del agua mas que sus piernas entrelazadas, desapareciendo en seguida.

Yo estaba a diez pases de ellos, bajando el rio llevado por la corriente, apretando el remo entra las manos como si se me fuere a escapar, y diciendo:

—¡Dios de Dios! ¡Que yo no se nadar!

Un momento después volvió a aparecer, trayendo a la jóven que estaba sin conocimiento, asida por los cabellos. Mi pobre amo empezaba a fatigarse y era ya tiempo de ayudarle. Su pecho aspiraba el aire con dificultad, y aun conservaba la fuerza necesaria para sostenerse sobre el agua, le costaba un trabajo infinito sostener a la jóven, cuyo cuerpo inerte pesaba lo mismo que el plomo.

Volvió a todas partes la cabeza para ver de qué lado estaba mas cerca la orilla, y entonces me apercibió.

—Cantillon, dijo con voz ahogada, ¡a mí!

—Yo estaba casi sobre el borde de la barca, tendiéndole el remo, pero faltaban mas de tres piés para que pudiera cogerlo.

—¡A mí! repetía; ¡Cantillon!

Una ola le paso sobre la cabeza; yo estaba con la boca abierta y los ojos fijos en el sitio en que había desaparecido; volvió al fin a salir a flor de agua, y respiré como si me hubieran quitado de encima un peso enorme; mi remo estaba siempre tendido, y haciendo grandes esfuerzos para aproximarme un poco mas.
¡Valor, mi amo, valor, le grité.

No pudo responderme.

—Dejad a esa mujer, le dije, y salvaos.

—No, no, repuso con angustia.

No sé si iba decir más, porque el agua le entro en la boca y le corto la palabra. ¡Ah, señor! No había en mi cabeza ni un solo cabello del que no cayese una gota de agua. Estaba casi fuera de la barca, alargando el remo, y veía que todo andaba alrededor de mí. El puente, el hotel de Guardias, las Túllerias, todo daba vueltas, y en tanto, yo no miraba mas que aquella cabeza que se hundía poco a poco, aquellos ojos que aparecían a flor de agua y que me miraban con una fijeza aterradora, como pidiéndome socorro; después no vi mas que sus cabellos, luego los cabellos se hundieron como el cuerpo y el rostro, y solo un brazo apareció sobre la superficie del agua, con los dedos rígidos y crispados.

Hice el último esfuerzo, un esfuerzo casi sobrehumano: tendí el remo y... por fin, pude ponerle la punta en la mano.

Cantillon se enjugo la frente y yo respiré.

Luego continúo:

—Es una gran verdad lo que dicen de que el que se esta ahogando se agarra por salvarse a un clavo ardiendo. Mi amo asió el remo con una fuerza tal, que sus dedos quedaron marcados en la madera: le apoyé en la borda de la barca, me cargué con todo mi peso en el otro extremo, hice la balanza, y M. Eugenio reapareció sobre la superficie del agua. Temblaba de una manera tal, que temia romper el remo: estaba casi echado, con la cabeza al nivel de la borda, y poco a poco fuí atrayendo el remo sujetándole al mismo tiempo con mi cuerpo.

M. Eugenio tenia la cabeza caída hacia atrás, como quien esta desvanecido: yo tiraba sin cesar del remo, y el cuerpo de mi pobre amo iba aproximándose poco a poco. Al fin, cuando estuvo bastante cerca extendí el brazo, lo cogí por el puño y se lo apreté como en un torniquete. ¡Ya estaba mi negocio! Ocho días después, mi amo tenia aún las marcas azules de mis dedos alrededor del brazo.

No había soltado a la joven y tuve que subir a los dos, uno después de otro, depositandolos en el fondo de la barca, donde permanecieron inmóviles como muertos.

Llamé a mi amo e intenté abrirle las manos, que tenia cerradas; fue imposible: estaban mas apretadas que las dos cascaras de una nuez.

Cogí mi remo, y remando con él quise ganar la orilla.

Cuando tengo dos remos no dejo de ser un regular marinero; pero con solo uno era siempre la misma canción. Quería dirigirme a un lado é iba hacia el otro: la corriente me arrastraba; tuve que convencerme de que eran vanos mis esfuerzos, y cuando vi que irremisiblemente íbamos a dar al Havre, me dije.

—¡Diablo! Basta de mal camino: pidamos socorro.

Y me puse a gritar como un desesperado.

Oyéronme los pescadores que habitan la pequeña barraca a que se hacen dirigir las boyas que sirven para la pesca de las anguilas, y al instante echaron su barco al agua. En cuatro golpes de remo se reunieron a mí y sujetaron mi batel al suyo. Cinco minutos después mi amo y la jóven salvada estaban tendidos en la orilla, sobre la arena, como dos arenques.

Preguntaronme también yo había caído al agua y respondí que no; pero que era igual, pues si querían darme un vaso de aguardiente, eso volvería el calor a mi corazón. La verdad es que mis piernas temblaban como si fueran hebras de hilo.

Mi amo volvió en sí y se arrojó a mi cuello, llamándome su salvador; luego apercibió a la jóven, que continuaba desmayada, y dijo a los pescadores:

—¡Mil francos para vosotros si se salva la vida de esta joven! Y tú, Cantillon, ve a buscar el cabriolé.

Salí a escape, dirigiéndome al punto donde había dejado el coche, y no lo encontré: algún ladrón se lo había llevado; pero al día siguiente nos lo devolvió la policía.

Volví a decir a mi amo lo que sucedía, y me mandó que buscase un fiacre. No tardé en encontrarle, metimos en él a la joven, subimos nosotros, y mi amo dijo al cochero:

—Calle del Bac, 31.

Al ponerse el coche en movimiento, la joven, que había empezado a recobrar el conocimiento, volvió a desmayarse. Apenas llegamos a casa, mi amo me mandó ir a buscar un médico, y cuando volví con él, encontré a Mlle. María...... ¿os he dicho que se llamaba María?

—No.

—Pues bien, ese era su nombre. La encontré tendida en el lecho de mi amo, y no puedo deciros lo bonita que estaba con su palidez, sus ojos entreabiertos y sus manos cruzadas sobre el pecho; parecía la Virgen, y no tardé en conocer que estaba encinta.

—¡Ah! Por eso sin duda se había arrojado al río.

—Decís justamente lo que mi amo dijo al médico cuando le dio la noticia del estado de la joven. Hiciéronla luego volver en sí, y apenas recobró el conocimiento rompió a llorar con grande amargura.

—Es necesario consolarla, dijo el médico.

En tanto, la joven, a través de sus lagrimas, miraba con extrañeza a todas partes.

—¿Dónde estoy? preguntó.

—Tranquilizaos, señora, le respondió mi amo; en mí encontrareis, mientras esteis en mi casa, el respeto y las atenciones de un hermano, y cuando vuestro estado de salud permita os trasladéis  a vuestra casa, yo me encargaré de conduciros.

— ¡Ah! exclamó de pronto; ya me acuerdo, ¡Si!.. ¡He querido! ¿Sois vos, caballero, quien me ha salvado?:.... ¡Oh!

¡Si supierais qué funesto servicio me habéis hecho! ¡Si conocierais el porvenir de lagrimas que me espera!

Mi amo la consoló como pudo, y a todas sus palabras contestaba la joven:

—¡Si Supierais!.......

— Lo sé todo, respondió en voz baja M. Eugenio.

—¿Vos?

—Sí; habéis amado demasiado y habéis sido burlada, abandonada.

—Sí, señor, villanamente burlada, cruelmente abandonada.

—Pues bien, dijo M. Eugenio, confiadme vuestras penas; yo no debo ser para vos un extraño.

—No, no; un hombre que así expone su vida es un hombre generoso. ¡Ah! ¡Vos no habréis abandonado a ninguna pobre mujer, dejando en su corazón una herida incurable! Sí, os lo diré todo; pero, en tanto, permitidme que escriba a mi padre....... ¿Permitiréis que venga aquí, no es verdad?

—Sí, si por cierto; escribid y no perdáis un momento.

Y presentándole papel y una pluma, la jóven escribió una carta, y luego pregunto las señas de la casa.

—Calle del Bac, 31, dije.

—¡Calle del Bac, 31! exclamó atónita; ¡ah! la Providencia me ha traído a esta casa!

Dobló luego la carta para su padre, y M. Eugenio, entregándomela, dijo:

—Lleva esta carta al momento: toma un fiacre y esta de vuelta dentro de media hora.

Leí el sobre, que decía: «M. Dumont, calle de los Fosos de San Víctor,» y me lancé a la calle en el momento en que pasaba un fiacre. Metíme en él y dije al cochero:

—Precio doble si en media hora vamos a los Fosos de San Víctor y volvemos.

A los diez minutos nos detuvimos ante una casita de pobre apariencia, y llamé repetidas veces. La portera vino a abrir gruñendo, y la pregunté:

—¿M. Dumont?

—¡Ah Dios mio! exclamó la vieja, ¿le traéis noticias de su hija?

—Sí por cierto.

—En el quinto piso, al final de la escalera.

Subí saltando los escalones de cuatro en cuatro, y llegué delante de una puerta que estaba medio cerrada. Miré y vi un viejo militar que lloraba en silencio besando una carta y cargando al mismo tiempo unas pistolas.

—O mucho me engaño, ó ese es el padre, dije para mi.

Y empujé la puerta exclamando:

—Vengo a traeros una carta de mademoiselle María.

Entonces se volvió, pálido como la muerte, y dijo:

—¿Mi hija?

—Sí; Mlle. María, vuestra hija; ¿no sois M. Dumont, antiguo capitan bajo el imperio?

El militar hizo un signo afirmativo.

—Pues bien, he aquí la carta.

Tomóla vivamente, y sus ojos se arrasaron en lagrimas.

¡Esta viva! exclamó; ¿y es tu amo quien la ha salvado? Vamos allá, al momento, al momento, y en tanto, toma, amigo mió.

Y al decir esto, sacó de un cajón cuatro ó seis piezas de cinco francos, tal vez todo lo que tenia, y me las puso en la mano: las tome porque no se ofendiese; y dije guardándolas:

—Muchas gracias, capitán.

—¿Estas pronto?

—Cuando gustéis. 

Bajó a saltos las escaleras, y cuando estuvimos en el carruaje le pregunte:

—Sin indiscreción, capitán, ¿qué queríais hacer con aquellas pistolas que estabala cargando?

—Una de ellas era para un miserable a quien Dios podrá perdonar, pero a quien yo no perdonaré; la otra era para mí.

Figuróme que se trataba del seductor de la joven, y repuse:

—Pues entonces vale mas que la cosa haya concluido de otro modo.

—Es que no ha concluido, replicó el capitán; pero, cuéntame, ¿qué ha hecho tu amo para salvar a mi hija?

Referíselo todo, y durante la narración vi que lloraba como un niño.

¡Hija de mi alma! exclamó cuando concluí; no hay ya peligro alguno, ¿verdad? El médico habra respondido de ella.

—Sí por cierto; no tengáis temor alguno.

Llegamos al fin, y bajamos del coche.

—Ayúdame, amigo mió, me dijo el capitán; las piernas no quieren sostenerme.

¡Pobre hombre! Estaba pálido como un difunto; vacilaba, y tuvo que apoyarse en mí para subir la escalera.

En aquel momento se abrió la puerta del cuarto de mi amo, y oímos una voz da mujer que gritaba:

—¡Mi padre! ¡Mi padre!

—¡Es ella! ¡Es su voz! exclamó el capitán.

Y dominando su debilidad, subió de un brinco la escalera, entró en el cuarto sin tomarse el trabajo de saludar, y se lanzó sobre el lecho de su hija, llorando y diciendo:

—¡María! ¡Hija mía! ¡Mi querida niña!

Era por cierto un buen cuadro el que presentaba la habitación, llorando el padre, llorando la hija, llorando mi amo, llorando yo: en fin, aquello era un desconsuelo, y hasta lloraba una enfermera que mi amo había llamado.

—Ea necesario que los dejemos solos, dijo M. Eugenio.

Salimos los tres de la recamara, y mi amo me dijo:

—Cuando M. Alfredo de Linar vuelva del baile, ruégale que suba a verme.

Me puso de centinela en la escalera, y un cuarto de hora después vi llegar a M. Alfredo: subía cantando, y le dije con toda mi política:

—Señor, mi amo quisiera cambiar dos palabras con vos.

—¿Y no puede esperar a mañana? preguntó con aire de mal humor.

—Sin duda, cuando desea que lo veáis en seguida.

—Bueno, ¿y dónde esta?

—Aquí me tenéis, respondió apareciendo M. Eugenio; ¿queréis hacerme el favor, caballero, de entrar en esta habitación?

Y le señalaba la en que estaba la joven.

Abrí la puerta, y el capitán se metió en el gabinete contiguo, haciéndome seña de que esperara a que estuviera oculto. Cuando hubo desaparecido, dijo:

—Entrad, señores.

Mi amo hizo pasar a M. Alfredo; se quedó fuera conmigo, cerró la puerta, y poco después oí una voz suplicante y temblorosa que decía:

—¡Alfredo!

—¡María! ¡Vos aquí!... exclamó sorprendido el seductor.

—¡Ah! ¡Es M. Alfredo el padre de la criatura! dije a mi amo.

—Sí, respondió; pero calla y escuchemos.

Durante algunos momentos no oímos mas que la voz trémula y agonizante de Mlle. María, que parecía suplicar a M. Alfredo; pero al fin oímos también la voz de éste, que decía:

—No, María; un matrimonio entre nosotros es imposible, porque dependo de una familia que no me permitiría casarme. Sin embargo, puedo aliviar vuestra desgracia: soy rico, y si el oro.......

A estas palabras siguió un estrépito horrible.

Para no perder tiempo abriendo la puerta del gabinete donde estaba oculto, el capitán la derribó de un puntapié; la señorita lanzó un grito; su padre pronunció un juramento que hizo temblar la casa, y mi amo dijo:

—Entremos.

Ya era tiempo. El capitán Dumont tenia a M. Alfredo bajo sus rodillas, y le retorcía el pescuezo lo mismo que si fuera un pollo.

Mi amo los separó.

M. Alfredo se levantó pálido, con los dientes apretados, y sin dedicar una mirada a la joven, que se había desmayado, se acercó a mi amo y le dijo:

—Eugenio, no sabia que vuestro cuarto era una ratonera; de otro modo, hubiera entrado en él con una pistola en cada mano.

—Así espero que nos veamos, respondió tranquilamente M. Eugenio.

Entonces M. Alfredo se volvió al capitán.

—Caballero, le dijo, no olvidareis que tenemos pendiente una cuenta.

—La saldaremos al momento, si gustéis, respondió el anciano.

—Sea.

—El día empieza a romper, continuó el capitán; podéis ir a buscar vuestras armas.

—Yo tengo espadas y pistolas, dijo mi amo.

—Entonces dentro de una hora en el bosque de Boloña, por la puerta Maillot! exclamó Alfredo.

—Dentro de una hora, respondieron a la vez mi amo y el capitán: en tanto, id a buscar vuestros testigos.

M. Alfredo salió.

El capitán se arrojó entonces sobre el cuerpo de su hija, que continuaba desmayada y llenó de besos sus cabellos y su rostro.

Mi amo quiso prestarle algún auxilio.

—No, no, vale mas que lo ignore todo, exclamó el pobre padre. ¡María ¡Querida niña! ¡Adiós!....... Si muero, M. Eagenio, vos me vengareis, ¿no es verdad? Vos protegeréis a mi hija ¿no es cierto?

—Lo juro por la salvación de mi alma, respondió mi amo arrojándose en los brazos del viejo.

—Cantillon, me.dijo luego, ve a bascar un fiacre.

—¿Y os acompañaré, señor? pregunté.

—Sí.

El capitán abrazó otra vez más a su hija, llamó a la enfermera y la dijo:

—Cuidadla, señora, y si pregunta dónde estoy, decidle que voy a volver muy pronto. Vamos, mi joven amigo, andando.

Cuando volví con el coche me esperaban en el portal: el capitán llevaba un par de pistolas en sus bolsillos, y mi amo dos espadas bajo su capa.

Entraron en el coche, subí al pescante y dije al cochero:

—Al bosque de Boloña.

—M. Eugeuio, dijo entonces el capitán, si soy muerto devolveréis esta sortija a mi pobre María; es la sortija de boda de su madre, una digna mujer que debe estar gozando de la dicha eterno, si no hay en los cielos menos injusticia que en la tierra. Después mandareis que me entierren con mi cruz y mi espada.......

— ¿Y por qué esos pensamientos, capitán? exclamó mi amo; son demasiado tristes para un valiente militar.

—Todo ha ido mal para mí desde 1815, respondió M. Dumont; pero me habéis prometido velar por mi niña, y vale mas un protector joven y rico que un padre viejo y pobre.

M. Eugenio no quiso importunarle mas, y el viejo guardó silencio hasta que llegamos al lugar de la cita.

Un cabriolé nos seguía a algunos pasos, y M. Alfredo bajó de él seguido de sus testigos.

Uno de ellos se dirigid a nosotros.

—¿Cuales son las armas del capitán? preguntó.

—La pistola, respondió este.

—Quédate en el fiacre y guarda las espadas, me dijo mi amo.

Y se internaron en el bosque.

No habían pasado diez minutos cuando oí dos detonaciones, que me hicieron dar un salto; todo había concluido para uno de los adversarios, pues se pasaron otros diez minutos sin que el ruido se renovase.

Metido en el fondo del fiacre, no me atrevía a mirar al exterior; pero pasado algún tiempo, la portezuela se abrid violentamente.

—Cantillon, las espadas, dijo mi amo.

Se las presenté y extendió el brazo para tomarlas; tenia en el dedo la sortija del capitán.

—¿Y........ y...... y el padre de Mlle. María? pregunté balbuceando.

—¡Muerto!

—Entonces, esas espadas.......

—Son para mí.

—¡Para vos! ¡En nombre del cielo, dejadme acompañaros!

—Bueno, ven conmigo.

Salté del fiacre y seguí a mi amo, que se internó en el bosque. El corazón se me había puesto mas chico que un guisante, y un temblor frió agitaba todo mi cuerpo.

No habíamos andado cien pasos cuando vi a M. Alfredo de pié y riendo en medio de sus testigos.

—Ten cuidado, bárbaro, dijo de pronto mi amo empujándome violentamente a un lado.

Di un salto atrás, y entonces vi que en mi turbación iba a pisar el cuerpo del capitán.

M. Eugenio dirigió una mirada al cadáver; luego se acercó al grupo, dejó las espadas en tierra y dijo:

—Ved, señores, si tienen igual longitud.

—Según eso, ¿no queréis dejar este negocio para mañaua? preguntó uno de los testigos.

—Imposible.

—No importa, amigos míos, dijo M. Alfredo; el primer combate no me ha fatigado, y solamente quisiera, antes de empezar, beber un vaso de agua. Tengo una sed horrible.

—Cantillon, dijo mi amo, ve a buscar un vaso de agua.

Tenia tantas ganas de obedecer como de que me ahorcasen; pero M. Eugenio me hizo una señal con la cabeza y tomé el camino del restaurant que esta a la entrada del bosque.

En diez minutos me hallé de vuelta, y presenté el vaso a M. Alfredo, diciendo para mi capote:

—¡Así te sirva de veneno, pillo!

Tomó el vaso sin que temblase su mano; pero cuando me lo devolvió pude notar que el borde estaba como roído, de tal manera lo había apretado entre sus dientes.

Me volví, arrojando el vaso por cima de mi cabeza, y vi a mi amo que se había preparado durante mi ausencia. Estaba en mangas de camisa y con los brazos desnudos. Me acerqué a él y lo dije:

—¿No tenéis nada que mandarme, señor?.......

—No, respondió; no tengo padre ni madre; pero si muero, darás este papel a María.

Escribió rápidamente con un lápiz algunas palabras en una hoja de su cartera, que arrancó y me entregó.

Luego arrojó una mirada al cadáver del capitán, y avanzó hasta su adversario, diciendo:

—Vamos, señores.

—Pero no tenéis testigos, advirtió M, Alfredo.

—Uno de los vuestros me servirá, respondió mi amo.

—Ernesto, dijo M. Alfredo a uno de sus amigos, pasad al lado de este caballero.

Obedeció el testigo y su compañero tomó las espadas, colocó a los adversarios a cuatro pasos de distancia, puso a cada uno la empuñadura de una espada en la mano, cruzó los hierros y dio un paso atrás, diciendo:

—Empezad, señores.

Cada uno de los adversarios dió un paso adelante y las hojas de las espadas se cruzaron hasta la empuñadura.

—Retroceded, dijo mi amo.

—No es mi costumbre romper la línea, respondió M. Alfredo.

—Como gustéis.

Y M. Eugenio dio un paso atras, recobrando la guardia.

Pasaron diez minutos.

Las espadas voltejeaban una en torno de otra, rápidas como unas serpientes; M. Alfredo atacaba; mi amo, siguiendo sus golpes con mirada segura, acudía a las paradas con tanta tranquilidad como en una sala de armas.

Yo estaba ciego de cólera: si el criado de M. Alfredo hubiera estado allí, le habría estrangulado.

El combate continuaba: M. Alfredo reía con cierta amargura; mi amo estaba tranquilo y frió.

—¡Ahí! dijo M. Alfredo.

Su espada había tocado a mi amo en un brazo, y la sangre corría.

—No es nada, respondió este; continuemos.

Los testigos se aproximaron, y M. Eugenio les hizo con la mano una señal de que se alejasen: su adversario aprovechó este momento y se tiró a fondo; mi amo llegó tarde a una parada en segunda, y la sangre corrió de su cuello.

Me sentó en el suelo, porque no podía tenerme en pie.

Sin embargo, M. Eugenio continuaba frió y tranquilo: solamente sus labios entreabiertos dejaban ver sus dientes apretados.

En cambio, su adversario se fatigaba y gruesas gotas de sudor corrían por su frente. y mi amo dio un paso adelante, y M. Eugenio retrocedió.

—¡Ah! Yo creía que no retrocedíais jamas, dijo M. Eugenio.

M. Alfredo amagó una estocada, y la espada de mi amo llegó a la parada con tal fuerza, que la de su adversario se dobló como una paja. Su pecho se encontró un momento descubierto, y la espada de M. Eugenio se hundió en él, desapareciendo ha:ta el puño.

M. Alfredo extendió los brazos, soltó la espada, y permaneció de pié sostenido por el hierro que le atravesaba: M. Eugenio retiró la espada, y su adversario cayó a plomo.

—¿Me he conducido como un hombre de honor? preguntó a los testigos.

Hicieron estos una señal afirmativa, y luego se acercaron a socorrer a M. Alfredo.

Mi amo se aproximó a mí.

—Vuelve a París, me dijo, busca un notario, y llévale a casa: cuando yo llegue quiero encontrarle allí.

—¿Es para hacer el testamento de M. Alfredo? exclamé; creo que os podéis ahorrar eso trabajo, porque se retuerce como una anguila y arroja sangre por la boca, y ya sabéis que eso es una mala señal.

— No es para eso, me contestó.

—¿Para qué era entonces? exclamé a mi ves interrumpiendo al cochero.

—Para casarse con la señorita María y reconocer a su hijo, respondió Cantillon.

—¿Hizo eso?

—Sí, señor. Después me dijo: Cantillon, nos vamos a viajar; quisiera que te quedases a mi servicio, pero ya comprendes que no puede ser. He aquí mil francos; te regalo el cabriolé y el caballo: dedícate a lo que quieras, y si algún día tienes necesidad de algo acude a mí antes que a nadie.

Como tenia lo principal para establecerme, me metí a cochero.

He aquí mi historia, mi amo ¿a dónde queréis que os lleve?

—A mi casa; acabaré mis visitas otro día.

Volví a casa, y escribí la historia de Cantillon tal como me la había contado.


FIN


Forma parte de la serie de historias 







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El Cochero del Cabriole cuento completo El Cochero del Cabriole cuento completo Reviewed by Mercedes Balda on 16:52:00 Rating: 5

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